Lórien, en los ojos de Da Vinci

Mañana, día 17 de noviembre de 2012, a las 17 horas, en la Posada del Diablo de Alcalá de Henares, tendrá lugar el acto de «Lanzamiento del proceso de creación del Sistema Kyopol».

Empezará así el trabajo «de verdad», pues trataremos de aplicar todo lo aprendido hasta ahora para construir una plataforma virtual que potencie la implicación cívica en el ámbito municipal. De aquí en doce meses… veremos cuánto hemos conseguido avanzar.

 

Quería, precisamente por ello, volver a hablar una última vez de Lórien antes de zarpar.

Esta vez reproduciendo el «Epílogo» con que concluía la monografía “Las alas de Leo. La participación ciudadana del siglo XX”, que analizó de manera crítica el devenir de la participación ciudadana hasta nuestros días. Decía así:

EPÍLOGO – Las alas de Leo

“Al principio creía que luchaba por salvar los árboles del caucho,
luego que lo hacía para salvar la selva amazónica.
Ahora comprendo que lucho por la humanidad”
(Chico Mendes, 1988, meses antes de su asesinato)

Hace algo más de 23 siglos Aristóteles afirmó que la velocidad de caída de los cuerpos dependía de su peso; lo hizo, sin duda, tras haber analizado el fenómeno en numerosas ocasiones con objetos ligeros, cuyo descenso ralentiza el rozamiento con el aire. El caso es que se equivocaba. Y habría bastado con que cualquiera de nosotros hubiésemos observado con atención la caída de una manzana y una sandía desde una cierta altura para invalidar su teoría. Mas, por lo que sabemos, durante nada menos que mil novecientos años nadie se molestó en hacer el experimento; los eruditos y sabios que vivieron todos esos siglos dieron por válida la opinión del Filósofo, hasta que un buen día Galileo Galilei cometió la irreverencia de refutarle.

Esta breve anécdota nos recuerda cómo, en ocasiones, la humanidad tarda mucho más tiempo del necesario en percatarse incluso de las cuestiones más obvias. Éste es, sin embargo, un fenómeno que ocurre también, para nuestra fortuna, en el sentido contrario: de tiempo en tiempo viven entre nosotros individuos geniales y visionarios que son capaces de percibir con nitidez esas otras realidades posibles que el resto de los humanos todavía ni difusamente captamos; personas excepcionales que “saben ver el vuelo en cada pájaro que duerme” (Galeano 1984).

Es el caso de un compatriota de Galileo, un tal Leonardo, del que cuentan que siendo bebé fue acariciado en el rostro por las plumas de la cola de un halcón que bajó del cielo a sobrevolar su cuna. Leonardo creció, y creció su genialidad tanto como su amor y su fascinación por las aves, capaces de zambullirse en pleno cielo y empequeñecer así, allá abajo, el lúgubre y pesado mundo de los humanos.

Tal vez sea ese amor por los pájaros el que explica que Leonardo renunciase a comer cualquier tipo de carne, o que acostumbrase a comprar en los mercados aves enjauladas, que liberaba y echaba a volar. De lo que no hay duda es que fue la fascinación por su vuelo la que llevó a que Da Vinci fuese, por lo que sabemos, la primera persona que en occidente diseñó algo parecido a un avión, y algo parecido a un helicóptero, y también algo parecido a un paracaídas. El 3 de enero de 1496, Leonardo trató de hacer volar una de sus máquinas. No tuvo éxito. Por lo visto, el mundo en que vivía no estaba todavía preparado para el desarrollo de una aviación comercial como la que en estos momentos sobrevuela cada recodo del planeta. Pero aunque Leonardo no consiguió volar él mismo sí que logró infectar con su sueño a muchos de sus congéneres, que en los siglos sucesivos darían también lo mejor de sí mismos para hacerlo posible. Hasta que en 1903, hace poco más de un siglo, fueron finalmente los hermanos Wright los que aullaron de júbilo al conseguir elevarse a tres metros del suelo en el primer vuelo de un avión autopropulsado.

Quién sabe si, en un futuro no muy lejano, podrá contarse sobre la participación ciudadana, tal como fue conocida en el siglo XX, un relato parecido a éste. Es posible que, como hemos descrito a lo largo del capítulo, dicha participación no funcione hoy en día; que no consiga todavía elevarse por encima del peso de sus propias contradicciones. Pero sí que se basta, no hay duda, para mantenernos soñando a la espera de tiempos mejores.

Apenas habían transcurrido nueve décadas desde que el arzobispo Fénelon (1699) los uniera por primera vez en un párrafo de sus Aventuras de Telémaco, cuando aquellos tres ideales de “Libertad, Igualdad, Fraternidad” incendiaron la historia al convertirse en el más famoso lema del París revolucionario. Cierto es que los tres términos son parcialmente contradictorios entre sí; como cierto es también que los sublevados les agregaron un lúgubre y premonitorio “¡o la muerte!” inmediatamente detrás; pero ello no impidió que la tríada se estableciese pronto como el conjunto de ideales “par excellence” por medio del cual podrían “humanizarse” las sociedades de esos humanos que entonces, como hoy en día, se trataban unos a otros como bestias.

No es en absoluto casualidad que, hasta ahora, nuestros sistemas de gobierno, nuestras democracias, no hayan sido capaces de desarrollar realmente tales principios, apenas logrando cultivar tímidamente los dos primeros de ellos. Si examinamos con atención la tríada revolucionaria resulta fácil establecer vínculos entre tales ideales y los mecanismos democráticos de toma de decisión que fueron examinados anteriormente: la libertad y los mecanismos negociativos (junto con los corruptivos) tienen que ver ante todo con el “Yo, como individuo”, que persigue sus propios intereses tanto como le es posible; la igualdad y los mecanismos agregativos, por su parte, aluden al “Yo en relación a los otros”, que equipara las necesidades e intereses de los ciudadanos al atribuir el mismo valor a sus votos; la fraternidad y la deliberación se refieren finalmente al “Yo CON los otros”, que por medio del diálogo nos permite abordar “problemas enrevesados” trabajando en equipo, para así encontrarles soluciones que sean al mismo tiempo buenas para la mayoría y consideradas con las minorías.

En su imaginaria descripción de las Tierras Béticas, Fénelon (1699) mencionó muchos otros rasgos y valores que caracterizaban a las buenas gentes que las habitaban, pero que lamentablemente no fueron considerados por los panfletistas parisinos. La mayoría de dichos valores, no obstante, en cierto modo se derivan de los tres principales que acabamos de mencionar. Pero en los albores del siglo XXI se hace, sin embargo, cada vez más patente que necesitamos releer al arzobispo para convertir en una tétrada la tríada francesa, agregándole un ideal fundamental no contenido en los otros tres, a saber: “Libertad, Igualdad, Fraternidad… y Sostenibilidad”. Una sostenibilidad que remitiría, según el modelo que acabamos de esbozar, a un “yo por mi entorno y por las generaciones futuras”.

Según nos advierten los científicos, la especie humana se ha convertido en una suerte de virus terráqueo que está haciendo enfermar al organismo planetario. Nuestras acciones e industria están alterando los múltiples y delicados equilibrios que a lo largo de los últimos 3.500 millones de años permitieron el desarrollo de la vida tal como la conocemos, y que hace 2 millones de años dieron nacimiento a nuestro género Homo y hace apenas 200.000 años a nuestra especie. Es por ello que, cada vez más, en todos nuestros quehaceres humanos habremos de considerar la cuestión de la sostenibilidad como algo fundamental, sustituyendo las pautas “depredadoras” que actualmente caracterizan nuestra conducta –tanto en relación con el resto de la humanidad como con esa “madre tierra” que nos contiene y da sustento– por otros patrones de comportamiento más sostenibles, simbióticos y colaborativos (Earth Charter Commission 2000).

La sostenibilidad es también un aspecto vital de la participación ciudadana. La existencia de lo que anteriormente denominamos como el “monopolio político-administrativo de la participación” da cuenta de lo difícil que resulta desarrollar fórmulas de participación autónoma que sean realmente auto-sostenibles. Nuestro análisis de los Presupuestos Participativos nos ha mostrado, asimismo, cómo incluso en las experiencias más maduras y profundas de participación administrativa los gestores municipales no consiguen promover un empoderamiento real y sincero de la participación autónoma. Más bien ocurre lo contrario: atrapados en su red de intereses políticos y electorales, los responsables municipales hacen primar un funcionamiento instrumental, subordinado e inocuo de la participación ciudadana.

En un análisis de la “participación ciudadana del siglo XXI” que quedará pendiente para ulteriores estudios podremos comprobar cómo, de entre los muchos efectos derivados de la utilización de las Tecnologías de la Información y la Comunicación (TIC) para la participación –que denominaremos (e)Participación–, destaca especialmente su efecto sobre esta “deficiente sostenibilidad” de la participación autónoma. Las TIC vendrán así a cuestionar casi todo nuestro conocimiento actual sobre lo que es posible conseguir por medio de la participación y de la movilización sostenida de los ciudadanos y ciudadanas. Para bien y para mal, el cambio tecnológico que acarrea la (e)Participación generará un nuevo escenario institucional de amenazas y oportunidades, en el que el marco de preferencias, incentivos y costes relativos cambiará para el conjunto de los actores estratégicos, permitiendo probablemente que emerjan nuevos actores que deban ser tenidos en cuenta, como una ciudadanía crecientemente autoorganizada en torno a demandas legítimas. Como vimos en el capítulo primero, es probable que una mudanza así conlleve, más pronto que tarde, cambios profundos en nuestras instituciones y sistemas sociales y políticos.

Cabe por ello preguntarse: ¿será tal vez que estamos, poco a poco, arribando a Jamáitaca, aquella tierra mítica donde la democracia deviene en demoneirocracia, el verdadero “gobierno de los sueños del pueblo”?, ¿será que está llegando, finalmente, ese tiempo de fraternidad en el que nuestra especie dejará atrás aquella etapa de su evolución a la que los historiadores del futuro se referirán como la “Era pre-humana”? ¿Será?

“Nadie es una isla, completo en sí mismo;
cada hombre es un pedazo del continente,
una parte del todo.
Si un terrón es arrastrado por el mar, toda Europa queda disminuida,

tanto como si lo fuese un promontorio, o la casa solariega de uno de tus amigos
o la tuya propia: la muerte de cualquier hombre me disminuye,
porque estoy ligado a la humanidad;
por consiguiente, nunca hagas preguntar
por quién doblan las campanas:
doblan por ti”
(John Donne, Devociones para ocasiones emergentes y duelos de muerte, 1624)



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